Para propuesta : Indiferencia
Era viernes, simplemente me dejé llevar por la marea humana,
que era engullida por la boca del subte.
Ya en el túnel, recuperé el estado de alerta necesario
para sobrevivir a la aventura que
implica viajar en ese horario.
Al final del andén vi un joven que inmediatamente captó mi
atención. Se destacaba entre todas, probablemente por su indumentaria y su
forma de andar .Vestía ropa clara y suelta y su rostro, no mostraba signos de
cansancio o fastidio. Se desplazaba totalmente distendido. Sus ojos tenían una
luz especial.
Cuando llegó el tren subí empujado por todos los que estaban
detrás de mí, así que mientras trataba de no morir aplastado dejé de pensar en él.
Al iniciarse el viaje, volvió a mi mente ese rostro que se
podía describir como el de un hombre feliz, pero la fatiga de una larga
jornada, hicieron que me olvidara del extraño joven.
El viernes siguiente después del trabajo, según lo convenido
con mi ex esposa, pasé por el conservatorio a buscar a mi hijo Gastón, quien cada
quince días pasa el fin de semana conmigo. Estábamos invitados a
una casa quinta ubicada al sur del
Gran Bs. As. por lo que debíamos dirigirnos
a Plaza Constitución
Caminamos hacia el de subte que quedaba a pocas cuadras.
Faltaban unos metros cuando creí reconocer
al joven entre todos los
que se abalanzaban escaleras
abajo. Por miedo a que Gastón se cayera,
no me apresuré para alcanzarlo. En el andén, apuré mi paso. Gastón me siguió
dando saltitos y tomándose del estuche de la guitarra que yo llevaba.
Al acercarme pude notar como miraba a un anciano ciego,
quien a pesar de su infortunio trataba de alegrarnos el viaje tocando sus
castañuelas.
El joven miró al viejo con gran ternura y mientras le
sonreía vi como dos lágrimas rodaban por sus mejillas. Gastón parado
frente al mendigo, tironeaba de mi saco,
para que pusiera unas monedas en su gorra, lo cual hice para que accediera a
subir al convoy a punto de partir.
Finalmente llegamos a Constitución allí el panorama era más
desolador a cada paso. Los ojos de Gastón se agrandaron espantados al ver los
cuerpos inertes de unos chicos de su edad, que dormían amontonados calentándose
mutuamente, como cachorros de una misma lechigada.
Más adelante se sorprendió frente una madre adolescente, que
sentada en el suelo amamantaba un bebé y un poco más allá observó atónito, las miserias de un borracho que se
había desplomado sobre su propio vómito.
Los que pasamos por allí con cierta frecuencia, inmunes al
dolor seguimos nuestro camino
indiferentes
pero ese día no pude evitar un sentimiento de vergüenza.
El joven de ropas claras continuaba caminando a nuestro
lado, pero a diferencia de Gastón, su mirada no denotaba asombro, sino mucha
dulzura. Su rostro bañado en lágrimas
lucía hermoso y cada vez que miraba a los ojos de algún desdichado, sonreía de
un modo muy especial, como si su llanto
fuera una caricia que les llevaba
consuelo. Extrañamente todos le devolvían la sonrisa.
Gastón reparó en él y se quedó viéndolo muy intrigado, luego
me miró, su vista iba de uno al otro.
Yo estaba incómodo,
imaginando las preguntas que seguramente me haría en cualquier momento. Opté
por adelantarme y le pregunté
-¿Qué estas mirando con tanta insistencia? –
-Ese hombre está llorando -me respondió
-¡Los hombres también lloran a veces! dije quitándole importancia.
En su inocencia mi hijo insistió:
-Pero es raro llora y
le sonríe a los pobres… a mí también me sonrió.- afirmó Gastón
-¡Vaya uno a saber quién es, o que le pasa por la cabeza!_ le contesté
-¡Yo creo que es un ángel!- replicó Gastón enfáticamente
Entonces yo... ¡Yo…
no supe qué contestarle!
Elsa Wade















