martes, 3 de septiembre de 2013

Nadim un joyero cuarentón  de aspecto enfermizo, estaba casado con una joven muchacha a quien obsesionaban las joyas. Cuando su marido terminaba alguna alhaja, ella se las probaba extasiada frente al espejo.
Alfonso el joven que distribuía las piezas terminadas, la adulaba y ella respondía con miradas   provocativas. Nadim sospechaba de ellos  y aunque nunca lo pudo comprobar, estaba seguro del engaño.
Una tarde estaba dándole los últimos toques a un  alfiler de corbata, cuando de improviso Reina se  lo arrebató para ver como lucía en su sombrero.
Nadim la increpó  y trató de sacarle la joya. Reina lo sorprendió asestándole un golpe en medio de la cara.  Transformado por la furia le dio  empujón y Reina  cayó sobre la cama. Sin dudar tomó  el alfiler y lo hundió  en su pecho. Luego  se inclino sobre ella, tomó el pinche con firmeza lo arrancó de un tirón. Corrió la blusa  que apenas cubría los  senos desnudos y pudo ver  un punto rosado justo a  la altura del corazón.
 La observó unos segundos y sin denotar emoción alguna bajó una valija  del  ropero donde acomodó algunas prendas, no sin antes elegir una corbata. Se paró frente al espejo y con gran parsimonia hizo el lazo. El reflejo mostraba  un nudo perfecto .Con una sonrisa prendió el alfiler a su corbata. Después dejó la habitación cerrando la puerta tras de sí, sin hacer ruido.
Cuando  el tren se detuvo, caminó hasta llegar a una pequeña hostería. El paraje era solitario la noche lo circundaba todo.
Una vez ubicado en la habitación, insomne y desolado se sentó en el sillón junto a la ventana. El frío se condensaba en los cristales.
De pronto surgió la visión fantasmagórica de Reina. Su silueta contorneada por claroscuros se fue sumergiendo en un halo dorado hasta fundirse en una luz enceguecedora como la noche misma.
Abrió la ventana y con los brazos extendidos trató de llegar hasta ella sin distinguirla claramente. Entrecerró los ojos y pudo verla cubierta de joyas y resplandeciente como una diosa. Tomó sus manos y sintió que lo atraía hacia sí. Sin resistirse se dejó llevar por el fuerte magnetismo que fluía de su luminosidad  y como una mariposa noctámbula atrapada  por un cirio encendido, se diluyó en ella.
La pasión que inflamaba su  sangre se congeló en sus venas y todo su ser se perdió en la oscuridad.
 Cuando llegó la policía, el conserje no pudo dar muchos datos sobre el cuerpo sin vida que se encontraba a la entrada de la hostería, solo dijo que el hombre había tomado la habitación por esa única noche.
Elsa Wade



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