Nadim un joyero cuarentón de aspecto enfermizo, estaba casado con una
joven muchacha a quien obsesionaban las joyas. Cuando su marido terminaba
alguna alhaja, ella se las probaba extasiada frente al espejo.
Alfonso el joven que distribuía las
piezas terminadas, la adulaba y ella respondía con miradas provocativas. Nadim sospechaba de ellos y aunque nunca lo pudo comprobar, estaba
seguro del engaño.
Una tarde estaba dándole los últimos
toques a un alfiler de corbata, cuando
de improviso Reina se lo arrebató para
ver como lucía en su sombrero.
Nadim la increpó y trató de sacarle la joya. Reina lo
sorprendió asestándole un golpe en medio de la cara. Transformado por la furia le dio empujón y Reina cayó sobre la cama. Sin dudar tomó el alfiler y lo hundió en su pecho. Luego se inclino sobre ella, tomó el pinche con
firmeza lo arrancó de un tirón. Corrió la blusa
que apenas cubría los senos
desnudos y pudo ver un punto rosado
justo a la altura del corazón.
La observó unos segundos y sin denotar emoción
alguna bajó una valija del ropero donde acomodó algunas prendas, no sin
antes elegir una corbata. Se paró frente al espejo y con gran parsimonia hizo
el lazo. El reflejo mostraba un nudo perfecto
.Con una sonrisa prendió el alfiler a su corbata. Después dejó la habitación
cerrando la puerta tras de sí, sin hacer ruido.
Cuando
el tren se detuvo, caminó hasta llegar a una pequeña hostería. El paraje
era solitario la noche lo circundaba todo.
Una vez ubicado en la habitación, insomne
y desolado se sentó en el sillón junto a la ventana. El frío se condensaba en
los cristales.
De pronto surgió la visión fantasmagórica
de Reina. Su silueta contorneada por claroscuros se fue sumergiendo en un halo
dorado hasta fundirse en una luz enceguecedora como la noche misma.
Abrió la
ventana y con los brazos extendidos trató de llegar hasta ella sin distinguirla
claramente. Entrecerró los ojos y pudo verla cubierta de joyas y
resplandeciente como una diosa. Tomó sus manos y sintió que lo atraía hacia sí.
Sin resistirse se dejó llevar por el fuerte magnetismo que fluía de su
luminosidad y como una mariposa
noctámbula atrapada por un cirio
encendido, se diluyó en ella.
La pasión que inflamaba
su sangre se congeló en sus venas y todo
su ser se perdió en la oscuridad.
Cuando llegó la policía, el conserje no pudo
dar muchos datos sobre el cuerpo sin vida que se encontraba a la entrada de la
hostería, solo dijo que el hombre había tomado la habitación por esa única
noche.
Elsa
Wade

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