martes, 8 de octubre de 2013

Historia viva

Un fuerte viento de otoño, me arrancó de donde estaba a oscuras, con otras de mis hermanas. El cascarón que nos albergaba cayó al suelo y se abrió, pero no nos atrevimos a asomarnos por la hendidura que tan pronto parecía una veta de oro como de plata.
Pasamos el gélido invierno sumergidas en un profundo sueño, hasta que una tibia mañana de primavera, una ligera brisa me levantó en sus brazos, así comenzó mi vida como semilla.
 Volé muy alto, subí y baje muchas veces, me posé en algunos lugares, que al entender de la brisa no eran los apropiados para mi. Finalmente llegamos a un sitio, donde la tierra abierta en surcos nos esperaba ansiosa.
 De inmediato supe que ella sería mi madre y yo la simiente que dormiría allí. Esperé un largo tiempo hasta que por fin llegaron las lluvias que me mojaron  mansamente, mientras una fuente de energía  me mantenía caliente. Apenas consciente de la metamorfosis de la que era protagonista, yo solo pugnaba por ver nuevamente la luz.
Junto con el verano y el sol ardiente, llegó el día en que la tierra abrió sus entrañas y yo emergí a la vida, como un frágil tallo verde buscando el cielo. La larga espera había dado su fruto.
 Así comenzó mi vida como retoño. A mi alrededor había muchas plantas y tuve que ganarme su respeto y un lugar entre ellas para poder crecer y desarrollar todo mi potencial.
El ciclo anual de las estaciones volvió a comenzar y una vez más me sentí sacudido por el viento otoñal, que se empecinaba en arrancarme de donde  estaba, pero mi madre supo sostenerme y yo logré aferrarme a ella.
Las plantas de hojas grandes, me brindaron su abrigo durante el invierno, protegiéndome de la escarcha y el granizo.
En primavera ya había ganado altura y me sentía más seguro. Nuevos brotes se agregaron a mi incipiente cabellera y me sentí feliz, ya podía ver  la claridad del alba, las nubes rosadas del atardecer y la salida de las primeras estrellas a las que  miraba embelezado.
El verano llegó trayendo color a mi vida ya que muchas de las plantas que me circundaban, se adornaron con flores y  frutos. Entretanto yo me robustecía. Los brotes se estaban transformando en varas flexibles, que se doblaban grácil mente, cuando alguna criatura osaba posarse en ellas.
Pasaron muchas estaciones y cada una traía siempre sus propios desafíos, ráfagas arremolinadas, pesadas lluvias, heladas o sequías, pero yo seguía creciendo, haciéndome cada día más fuerte. Ya había alcanzado una estatura considerable y podía contemplar de más cerca a las palomas que surcaban el cielo como saetas, o a las verdes cotorras, que se perseguían en ruidosas bandadas.
 Mis raíces se habían extendido y me proporcionaban una buena base,  mi tallo  ya no era verde sino oscuro, de aspecto leñoso y áspero ya no se bifurcaba en varas, sino en gruesas ramas. Se había convertido en tronco y yo ya era un árbol. Me sentía muy orgulloso, ya que sería yo, el que protegiera a las plantas  del frío cuando llegara el   invierno.
Un día aparecieron a mis pies unos inquietos y curiosos animalitos, yo les resultaba particularmente atractivo. Les encantaba montarse a horcajadas sobre mí y  afilarse las uñas en mi corteza.  Esto no me causaba daño alguno pero al principio me era un poco molesto.
Sin embargo con  el tiempo, llegué a acostumbrarme a sus corridas y divertidas cabriolas. Me pasaba horas mirando, como se emboscaban entre los arbustos tratando de darse caza entre sí o como rodaban abrazados, hechos una suave bola peluda, aplastando las flores a su paso. Un hada me contó  que así es como juegan los gatos.
Durante muchos otoños me intrigó ver, como a diferencia de otros árboles, yo no mudaba mis hojas, pero casi al finalizar ese invierno, noté que éstas comenzaban a desprenderse de mí en forma de lluvia, hasta que finalmente quede totalmente desnudo, lo que hizo que me sintiera un poco turbado. Después de unas semanas, sentí que algo estaba sucediendo en los extremos de las ramas más finas y altas, aparecieron unos  apretados racimos  de color oscuro.
 Ante mi sorpresa una mañana, al despuntar el día se hicieron visibles hermosos ramilletes. El azul violáceo de las flores semejaba al cielo y  adornaba majestuosamente  mi desnudez.
Desde esa ocasión, cada Noviembre cuando caprichosamente  el firmamento  se viste de gris, estallo en una explosión azul celeste y una fastuosa copa florida me hace lucir como un retazo de cielo con la que se adorna la tierra.
Con el correr de los años, en mis horquetas más gruesas, escondí niños traviesos que no querían dormir la siesta y fui el sostén del columpio donde ensayaban piruetas.
Guardo marcas en mi corteza,  y ellos lucen cicatrices, que les recuerdan el sin fin de aventuras de las que fui silencioso cómplice.
Hoy soy un añoso jacarandá, y mis fuertes ramas saludan al viento de otoño que ulula y sacude mi frondosa copa, donde ahora anidan muchísimas pájaros.
Hay algunos que dejan oír su canto antes de que aclare .La gran mayoría ensayan gorjeos y trinos a la madrugada. Otros se enamoran con dulces arrullos hacia el mediodía, pero es al atardecer cuando todos conforman un coro magnifico para dar las gracias  por cada milagro que a diario acontece.
En los tiempos que corren, mis amigos los elfos me cuentan que ustedes ,los hombres destruyen los bosques y diezman sin tino, árboles milenarios, poniendo en peligro su propio destino.
Por eso te digo que si alguna vez te dicen, que estoy demasiado alto o que soy un peligro, porque se me ve un poco torcido y deciden talarme, quisiera asegurarme que seré para ti, algo más que un tronco, donde puedas sentarte.
Si eso sucediera podrán ver los anillos que llevo escondidos y marcan los años que estuve contigo, pero no podrán imaginar siquiera las maravillosas experiencias  que juntos hemos tenido.
He querido narrarte la historia de todo lo  vivido, porque me queda la esperanza que  quieras escribirla y al volcarla al papel, le recuerdes al mundo  que las hojas que usaste, en un comienzo al igual que yo, también fueron árbol.
No es  solo madera lo que podemos darles y espero que  logres hacer que comprendan cual es el mensaje, que a modo de herencia decidiera dejarte.

Elsa Wade





  

                       

                

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