Historia
viva
Un fuerte viento de
otoño, me arrancó de donde estaba a oscuras, con
otras de mis hermanas. El cascarón que nos albergaba cayó al suelo y se abrió,
pero no nos atrevimos a asomarnos por la hendidura que tan pronto parecía una
veta de oro como de plata.
Pasamos el gélido
invierno sumergidas en un profundo sueño, hasta que una tibia mañana de
primavera, una ligera brisa me levantó en sus brazos, así comenzó mi vida como
semilla.
Volé muy alto, subí y baje muchas veces, me
posé en algunos lugares, que al entender de la brisa no eran los apropiados
para mi. Finalmente llegamos a un sitio, donde la tierra abierta en surcos nos
esperaba ansiosa.
De inmediato supe que ella sería mi madre y yo
la simiente que dormiría allí. Esperé un largo tiempo hasta que por fin
llegaron las lluvias que me mojaron
mansamente, mientras una fuente de energía me mantenía caliente. Apenas consciente de la
metamorfosis de la que era protagonista, yo solo pugnaba por ver nuevamente la
luz.
Junto con el verano
y el sol ardiente, llegó el día en que la tierra abrió sus entrañas y yo emergí
a la vida, como un frágil tallo verde buscando el cielo. La larga espera había
dado su fruto.
Así comenzó mi vida como retoño. A mi
alrededor había muchas plantas y tuve que ganarme su respeto y un lugar entre
ellas para poder crecer y desarrollar todo mi potencial.
El ciclo anual de
las estaciones volvió a comenzar y una vez más me sentí sacudido por el viento
otoñal, que se empecinaba en arrancarme de donde estaba, pero mi madre supo sostenerme y yo
logré aferrarme a ella.
Las plantas de
hojas grandes, me brindaron su abrigo durante el invierno, protegiéndome de la
escarcha y el granizo.
En primavera ya
había ganado altura y me sentía más seguro. Nuevos brotes se agregaron a mi incipiente
cabellera y me sentí feliz, ya podía ver
la claridad del alba, las nubes rosadas del atardecer y la salida de las
primeras estrellas a las que miraba
embelezado.
El verano llegó
trayendo color a mi vida ya que muchas de las plantas que me circundaban, se
adornaron con flores y frutos. Entretanto
yo me robustecía. Los brotes se estaban transformando en varas flexibles, que
se doblaban grácil mente, cuando alguna criatura osaba posarse en ellas.
Pasaron muchas
estaciones y cada una traía siempre sus propios desafíos, ráfagas
arremolinadas, pesadas lluvias, heladas o sequías, pero yo seguía creciendo,
haciéndome cada día más fuerte. Ya había alcanzado una estatura considerable y
podía contemplar de más cerca a las palomas que surcaban el cielo como saetas,
o a las verdes cotorras, que se perseguían en ruidosas bandadas.
Mis raíces se habían extendido y me
proporcionaban una buena base, mi tallo ya no era verde sino oscuro, de aspecto leñoso
y áspero ya no se bifurcaba en varas, sino en gruesas ramas. Se había
convertido en tronco y yo ya era un árbol. Me sentía muy orgulloso, ya que
sería yo, el que protegiera a las plantas del frío cuando llegara el invierno.
Un día aparecieron
a mis pies unos inquietos y curiosos animalitos, yo les resultaba particularmente
atractivo. Les encantaba montarse a horcajadas sobre mí y afilarse las uñas en mi corteza. Esto no me causaba daño alguno pero al
principio me era un poco molesto.
Sin embargo con el tiempo, llegué a acostumbrarme a sus
corridas y divertidas cabriolas. Me pasaba horas mirando, como se emboscaban
entre los arbustos tratando de darse caza entre sí o como rodaban abrazados,
hechos una suave bola peluda, aplastando las flores a su paso. Un hada me
contó que así es como juegan los gatos.
Durante muchos
otoños me intrigó ver, como a diferencia de otros árboles, yo no mudaba mis
hojas, pero casi al finalizar ese invierno, noté que éstas comenzaban a
desprenderse de mí en forma de lluvia, hasta que finalmente quede totalmente
desnudo, lo que hizo que me sintiera un poco turbado. Después de unas semanas,
sentí que algo estaba sucediendo en los extremos de las ramas más finas y
altas, aparecieron unos apretados
racimos de color oscuro.
Ante mi sorpresa una mañana, al despuntar el
día se hicieron visibles hermosos ramilletes. El azul violáceo de las flores
semejaba al cielo y adornaba
majestuosamente mi desnudez.
Desde esa ocasión,
cada Noviembre cuando caprichosamente el
firmamento se viste de gris, estallo en
una explosión azul celeste y una fastuosa copa florida me hace lucir como un
retazo de cielo con la que se adorna la tierra.
Con el correr de
los años, en mis horquetas más gruesas, escondí niños traviesos que no querían
dormir la siesta y fui el sostén del columpio donde ensayaban piruetas.
Guardo marcas en mi
corteza, y ellos lucen cicatrices, que les
recuerdan el sin fin de aventuras de las que fui silencioso cómplice.
Hoy soy un añoso
jacarandá, y mis fuertes ramas saludan al viento de otoño que ulula y sacude mi
frondosa copa, donde ahora anidan muchísimas pájaros.
Hay algunos que
dejan oír su canto antes de que aclare .La gran mayoría ensayan gorjeos y
trinos a la madrugada. Otros se enamoran con dulces arrullos hacia el mediodía,
pero es al atardecer cuando todos conforman un coro magnifico para dar las
gracias por cada milagro que a diario
acontece.
En los tiempos que
corren, mis amigos los elfos me cuentan que ustedes ,los hombres destruyen los
bosques y diezman sin tino, árboles milenarios, poniendo en peligro su propio
destino.
Por eso te digo que
si alguna vez te dicen, que estoy demasiado alto o que soy un peligro, porque
se me ve un poco torcido y deciden talarme, quisiera asegurarme que seré para
ti, algo más que un tronco, donde puedas sentarte.
Si eso sucediera
podrán ver los anillos que llevo escondidos y marcan los años que estuve
contigo, pero no podrán imaginar siquiera las maravillosas experiencias que juntos hemos tenido.
He querido narrarte
la historia de todo lo vivido, porque me
queda la esperanza que quieras
escribirla y al volcarla al papel, le recuerdes al mundo que las hojas que usaste, en un comienzo al
igual que yo, también fueron árbol.
No es solo madera lo que podemos darles y espero
que logres hacer que comprendan cual es
el mensaje, que a modo de herencia decidiera dejarte.
Elsa Wade