Al mal tiempo...
Urrutia era un pueblito perdido al pie de la
pre cordillera mendocina, que únicamente era visitado por forasteros, durante la
cosecha de la fruta en verano.
Los
jóvenes esperaban ansiosos esos días, ya que solo entonces tenían algún tipo de vida social y muchos de los noviazgos,
que más tarde terminaban en matrimonio, eran el resultado de esos encuentros.
Había llegado el tiempo en que las ramas de
los ciruelos se doblaban por el peso de
los frutos. Faltaban solamente unos pocos
días para que alcanzaran el punto justo en su maduración.
Cansados de
mal vender el producto de todo un año de esfuerzo y sabiendo que tanto el color como el tamaño de
la fruta era lo que los compradores tenían en cuenta, los dueños de las
pequeñas fincas, decidieron esperar.
Después de una larga jornada de trabajo, mientras
apuraban una ginebra y se fumaban un cigarro, los hombres comentaban su preocupación
por una tormenta de granizo, anunciada para las próximas cuarenta y ocho horas.
A diferencia de las grandes fincas que
contaban con protección para las granizadas, todos sabían que si les tocaba, estarían perdidos, la suerte ya estaba echada.
Habían hecho su jugada a suerte y verdad y ahora estaban en manos del destino.
Los más jóvenes eran los que peor se sentían,
porque si se perdía la cosecha quedarían embargados de por vida. Urrutia pasaría
a ser uno más, de tantos otros pueblos fantasmas.
Las mujeres se dieron cita en casa de
Serafina, la encargada de limpiar la capilla,
lavar los manteles del altar y de adornarla con flores cada vez que los
visitaba un sacerdote, lo cual no sucedía muy a menudo.
Se
reunieron allí porque la vieja mujer tenía en custodia, la imagen de la virgen, de la que todos eran
muy devotos. Hicieron una cadena de oración,
comprometiéndose a rezar día y noche y así se
pasaron orando las primeras veinticuatro horas.
Cuando oyeron el ruido de las primeras
piedras sobre el techo de la casa que las cobijaba, las que estaban rezando el
rosario en ese momento, se persignaron y salieron a ver si era cierto lo que
tanto temían.
Ya afuera, con lágrimas en los ojos, pudieron
comprobar que sus oraciones no habían sido escuchadas. A duras penas pudieron
correr hacia sus casas, y guarecerse antes de que las piedras que eran de gran tamaño,
les hicieran daño.
La granizada duró unos escasos veinte
minutos, suficientes para malograr la cosecha. Una vez que terminó la tormenta,
todo el pueblo salió a ver en que estado, había quedado la fruta. El panorama
no podía ser más desolador, los árboles jóvenes habían perdido no solo sus
frutos, sino también parte de su follaje y el suelo se encontraba cubierto por
una alfombra de color borgoña.
El
aire olía a fruta madura, demasiado madura para soportar tanto mal trato. En ocasiones cuando las ciruelas, maduraban
demasiado rápido sin darles tiempo a recogerlas y embalarlas , solían dejarlas
secar y las vendían como pasas, pero esta vez ni siquiera eso, iba a ser
posible ya que yacían estrelladas contra el suelo .
Los hombres mascullaban su rabia, pensando en
el festín que se darían los chanchos. Hubo alguno que se atrevió a bromear con
la borrachera de las vacas, que fueran a comer la fruta que terminaría fermentando
en el suelo.
Quizás esto fue lo que dio lugar a que la anciana
que cuidaba la iglesia dijera:
–
Todavía nos queda el azúcar, no hay que desesperar.
-Traigan todo lo que puedan para juntar la
fruta, esta vez olvídense de los canastos, pueden traer ollas, cacerolas,
baldes o palanganas todo lo que se les ocurra. Traten de juntar lo más que
puedan sin levantar la suciedad del suelo.-
_ ¿Qué está diciendo? ¿No ve como quedó todo? ¿En qué está
pensando?_ preguntó uno de los hombres rojo de furia
-Estoy pensando en hacer algo que puede
salvar lo poco que queda.- le respondió
secamente la mujer.
–A ver
ustedes, muchachas, vayan a buscar toda el azúcar que tengan en sus alacenas,
las espero en mi casa. Yo tengo cosas que hacer allá-
Sin saber bien qué es lo que estaba tramando,
ni por qué lo hacían, todos le obedecieron, cada uno cumplió con lo que ella
les encomendara.
Al llegar a su casa, la anciana se dirigió a
un galpón donde guardaba unas cajas con una colección de frascos, perteneciente
a su difunto esposo que ella conservaba intacta.
Los
examinó y clasificó por tamaño y se dispuso a lavarlos, lo que le llevó largo
rato. Estaba terminando con su tarea cuando algunos hombres se acercaron a
preguntar que debían hacer con todo lo recolectado, entonces ella les indicó,
en que lugar podían almacenarlo, hasta la mañana siguiente..
Al despuntar el alba el pueblo entero estaba
en pie y parecía que todos los senderos se dirigían a casa de la vieja Serafina.
Cuando casi todos estaban reunidos en el patio de tierra a la sombra de un
viejo olivo, la anciana apareció y con una gran sonrisa, les dio los buenos
días y continuó diciendo:
- ¡ Bien, a ver si cambian esa caras largas!.
Amarga es la vida de los descreídos, pero nosotros tenemos como endulzarla con
la ayuda de Dios y la Virgen- contestó Serafina
-¿Cómo podríamos hacerlo, con tanta
desgracia?-preguntó uno de los presentes
-¡Pues
como dice el refrán “Al mal tiempo buena cara”!- retrucó Serafina y continuó,
-Lo
que vamos a hacer es una rica mermelada de ciruelas. ¡Así que basta de quejas y manos a la obra!
Sin más empezó a ordenarles que hacer. Los
muchachos fueron en busca de leña seca y del carbón necesario para encender un
fuego, que pudiera arder durante un largo tiempo.
Las
mujeres siguieron al pie de la letra las
instrucciones de Serafina. Pesaron la fruta y el azúcar y le agregaron la cantidad de agua que ella les
indicó, para luego verter la mezcla en recipientes de cobre o de hierro que suspendieron
en los fogones improvisados por los hombres.
Cada una de ellas, estaba a cargo de uno o
dos calderos, no más, ya que debían revolverlos cada tanto, a fin de que no se
quemara la mezcla .La anciana iba de un lado para el otro, inspeccionando el
artesanal proceso, controlando que el dulce no fuera a pasarse de punto.
Algunas muchachas con dotes artísticas
trabajaban en las etiquetas, ya que una vez terminado y envasado el producto
pensaban ponerle nombre y apellido, El
diseño sencillo pero colorido fue aprobado por Serafina quien también
supervisaba esa tarea.
Después de casi tres horas, la mermelada
estuvo lista y tras dejarla entibiar, todos juntos, cucharas en mano, se dispusieron
a envasarla. Más de un goloso no
resistió la tentación de probarlo y todos convinieron, en que el dulce era
realmente exquisito.
Como era común en época de cosecha, por el
camino que atravesaba el pueblo, se
podían ver algún que otro camión donde viajaban los recolectores que se
dirigían a las grandes fincas vecinas, los jornaleros que conocían la
precariedad con que se trabajaba en Urrutia estaban seguros que al pasar por allí, todo lo que iban a ver,
sería un puñado de hombres y mujeres vencidos por la adversidad. Grande fue su
sorpresa, cuando notaron que en casa de Serafina había una gran actividad.
El
conductor de uno de los camiones, hizo un alto en el camino, para satisfacer su
curiosidad y fue de su boca que los señores de las grandes plantaciones
se enteraron que en Urrutia estaban fabricando dulce artesanal y que
seguramente, ese sería el comienzo de un emprendimiento, que tenía miras de
continuar.
Siempre que pasaban por Urrutia los guías que
llevaban turistas a visitar los establecimientos
modelo, les comentaban que un pueblito que sin ninguna tecnología, había
sobrevivido a la granizada, gracias a una anciana que tuvo la brillante idea de
fabricar dulce.
Les
recomendaban visitar el lugar y que compraran algunos frascos como souvenirs o
para su propio deleite. De esa forma, sin otra publicidad que la de boca en
boca, ese pequeño poblado, antes de lo
pensado, se convirtió en el paso obligado de muchos turistas.
El aburrido pueblo, se había transformado en
un pequeño centro comercial, ya que a una idea se fueron sumando otras. Así fue
como tuvieron su primera fábrica de golosinas y distintos negocios donde se
ofrecían toda clase de pastelería.
Tanta era la demanda de dulce que en muy poco
tiempo, la producción de ciruelas del lugar les fue insuficiente. Aunque
siempre trataban de seguir usando la formula inicial, el proceso se fue
industrializando. Ya no solamente fabricaban dulce con las ciruelas cosechadas
en verano, sino que se vieron obligados
a comprar las ciruelas refrigeradas a las grandes compañías y no pasó mucho
tiempo, antes que fueran los pobladores de Urrutia, los que fijaban el precio
de la producción.
Todo parecía haber cambiado, ahora los
jóvenes conducían autos modernos y se reunían a beber y a bailar. Muchos de
ellos viajaban a la ciudad capital a seguir carreras afines con los emprendimientos
de sus padres, con la esperanza de seguir el negocio y mejorarlo.
A diferencia del resto de los habitantes del
pueblo, doña Serafina seguía lustrando los bronces de la capilla y planchando
los manteles del altar, solo que ahora tenía que cambiar las flores más seguido,
porque el obispo les había asignado un cura que celebraba la misa todos los días.
Eso si, ella nunca devolvió la imagen de la
virgen que custodiaba y a la que siempre le rezaba novenas, después de todo, ¿qué
hubiera sido de Urrutia de no haber sido por ella?
Elsa Wade






