Su nombre debía ser Guillermina. Nadie nos presentó, pero lo supe al instante, no podía llamarse de otra manera.
Guillermina tenía estilo, estilo inglés, era fina, elegante, de curvas suaves poco exuberantes. Para mí, tal vez un poco alta. El color oscuro que lucía, resaltaba su delgada figura, parecía estar de riguroso luto, aunque al observarla mejor, descubrí dos ribetes que le daban un discreto toque de color.
Al verla quedé petrificada, mis piernas como dos rocas me sujetaban al suelo y no pude pronunciar palabra. Tenía el estómago apretado y el corazón como un pájaro aleteaba en mi garganta.
Después de unos instantes volví a la realidad y me fui acercando a ella. Tímidamente extendí mis manos y las apoyé sobre sus brazos, Guillermina me dejó hacer sin decir nada. Así en silenciosa complicidad nos dirigimos hacia la calle, tomadas de la mano. Cada tanto mis pies tropezaban con sus zapatos que eran de metal, con suela de goma. Esto tampoco parecía molestarle.
Una vez en la vereda comenzamos a ensayar algunos trucos, simples pruebas de equilibrio. Poco tiempo después sujete con firmeza sus manos, puse mis pies sobre los de ella y casi sin darme cuenta, nuestros cuerpos se amalgamaron.
Éramos una excelente combinación, su firme esbeltez se complementaba perfectamente con mi robusta torpeza. Así como dos saltimbanquis sujetas una a la otra comenzamos a rodar calle arriba y calle abajo, en medio de gritos y carcajadas, esquivando obstáculos y algún vecino distraído que osaba ponerse en nuestro camino. Al principio lo hacíamos despacio, casi torpemente, pero con el correr de los días logramos tomar velocidad.
Guillermina era de pocas palabras, pero siempre estaba dispuesta a prestar oídos a mis cuitas, así que comencé a contarle mis más íntimos secretos. Nos unía una entrañable amistad, ese tipo de relación que es difícil de encontrar. Ella era sin duda, mi mejor amiga.
Aunque generalmente permanecía callada, debo decir que el timbre de su voz era una campanita que hacía sonar de tanto en tanto, ya fuera para alejar un gato que dormía en la vereda, o para dibujar una sonrisa en la cara de un anciano que obstinado esperaba ausencias, creyendo que bajarían del colectivo en esa esquina.
Guillermina también era coqueta, siempre tenía a mano un espejito que extendía hacia mí, para que pudiera ver mi rostro y me arreglara el flequillo despeinado por el viento.
La oscuridad no la asustaba como a mí, al contrario sus ojos se encendían cuanto más rápido íbamos, brillaban tanto que lograban alumbrar nuestro camino. Cuando el tramo se hacía pesado subiendo una cuesta, contaba con su fortaleza y su ligero andar me acompañaba rodando feliz en las bajadas.
No sé si fue yendo calle arriba o calle abajo o al tomar una curva bien abierta, cuando una brisa fresca que acarició mi cara, hizo que notara una tercera presencia que había estado con nosotras desde el primer día.
Ella no había llegado sola, había traído a alguien consigo. Desde entonces no pasó un solo día en que no se lo agradeciera; porque gracias a Guillermina, mi bicicleta, yo conocí la Libertad.
Elsa Wade
