jueves, 12 de marzo de 2015

Al mal tiempo...

Al mal tiempo...

Urrutia era un pueblito perdido al pie de la pre cordillera mendocina, que únicamente era visitado por forasteros, durante la cosecha de la fruta en verano.
 Los jóvenes esperaban ansiosos esos días, ya que solo entonces  tenían  algún tipo de vida social y muchos de los noviazgos, que más tarde terminaban en matrimonio, eran el resultado de esos encuentros.
Había llegado el tiempo en que las ramas de los ciruelos se doblaban por el  peso de los frutos. Faltaban  solamente unos pocos días para que alcanzaran el punto justo en su maduración.
Cansados de  mal vender el producto de todo un año de esfuerzo y  sabiendo que tanto el color como el tamaño de la fruta era lo que los compradores tenían en cuenta, los dueños de las pequeñas fincas, decidieron esperar.
Después de una larga jornada de trabajo, mientras apuraban una ginebra y se fumaban un cigarro, los hombres comentaban su preocupación por una tormenta de granizo, anunciada para las próximas cuarenta y ocho horas.
A diferencia de las grandes fincas que contaban con protección para las granizadas, todos sabían que si les tocaba,  estarían perdidos, la suerte ya estaba echada. Habían hecho su jugada a suerte y verdad y ahora estaban en manos del destino.
Los más jóvenes eran los que peor se sentían, porque si se perdía la cosecha quedarían embargados de por vida. Urrutia pasaría a ser uno más, de tantos otros pueblos fantasmas.
Las mujeres se dieron cita en casa de Serafina,  la encargada de limpiar la capilla, lavar los manteles del altar y de adornarla con flores cada vez que los visitaba un sacerdote, lo cual no sucedía muy a menudo.
 Se reunieron allí porque la vieja mujer tenía en custodia,  la imagen de la virgen, de la que todos eran muy devotos.  Hicieron una cadena de oración, comprometiéndose a rezar día y noche y así se  pasaron orando las primeras veinticuatro horas.
Cuando oyeron el ruido de las primeras piedras sobre el techo de la casa que las cobijaba, las que estaban rezando el rosario en ese momento, se persignaron y salieron a ver si era cierto lo que tanto temían.
Ya afuera, con lágrimas en los ojos, pudieron comprobar que sus oraciones no habían sido escuchadas. A duras penas pudieron correr hacia sus casas, y guarecerse antes de que las piedras que eran de gran tamaño, les hicieran daño.
La granizada duró unos escasos veinte minutos, suficientes para malograr la cosecha. Una vez que terminó la tormenta, todo el pueblo salió a ver en que estado, había quedado la fruta. El panorama no podía ser más desolador, los árboles jóvenes habían perdido no solo sus frutos, sino también parte de su follaje y el suelo se encontraba cubierto por una alfombra de color borgoña.
 El aire olía a fruta madura, demasiado madura para soportar tanto mal trato. En  ocasiones cuando las ciruelas, maduraban demasiado rápido sin darles tiempo a recogerlas y embalarlas , solían dejarlas secar y las vendían como pasas, pero esta vez ni siquiera eso, iba a ser posible ya que yacían estrelladas contra el suelo .
Los hombres mascullaban su rabia, pensando en el festín que se darían los chanchos. Hubo alguno que se atrevió a bromear con la borrachera de las vacas, que fueran a comer la fruta que terminaría fermentando en el suelo.
Quizás esto fue lo que dio lugar a que la anciana que cuidaba la iglesia dijera:
 – Todavía nos queda el azúcar, no hay que desesperar.
-Traigan todo lo que puedan para juntar la fruta, esta vez olvídense de los canastos, pueden traer ollas, cacerolas, baldes o palanganas todo lo que se les ocurra. Traten de juntar lo más que puedan sin levantar la suciedad del suelo.-
_ ¿Qué está diciendo?  ¿No ve como quedó todo? ¿En qué está pensando?_ preguntó uno de los hombres rojo de furia
-Estoy pensando en hacer algo que puede salvar lo poco  que queda.- le respondió secamente la mujer.
 –A ver ustedes, muchachas, vayan a buscar toda el azúcar que tengan en sus alacenas, las espero en mi casa. Yo tengo cosas que hacer allá-
Sin saber bien qué es lo que estaba tramando, ni por qué lo hacían, todos le obedecieron, cada uno cumplió con lo que ella les encomendara.
Al llegar a su casa, la anciana se dirigió a un galpón donde guardaba unas cajas con una colección de frascos, perteneciente a su difunto esposo  que  ella conservaba intacta.
 Los examinó y clasificó por tamaño y se dispuso a lavarlos, lo que le llevó largo rato. Estaba terminando con su tarea cuando algunos hombres se acercaron a preguntar que debían hacer con todo lo recolectado, entonces ella les indicó, en que lugar podían almacenarlo, hasta la mañana siguiente..
Al despuntar el alba el pueblo entero estaba en pie y parecía que todos los senderos se dirigían a casa de la vieja Serafina. Cuando casi todos estaban reunidos en el patio de tierra a la sombra de un viejo olivo, la anciana apareció y con una gran sonrisa, les dio los buenos días y continuó diciendo:
- ¡ Bien, a ver si cambian esa caras largas!. Amarga es la vida de los descreídos, pero nosotros tenemos como endulzarla con la ayuda de Dios y la Virgen- contestó Serafina
-¿Cómo podríamos hacerlo, con tanta desgracia?-preguntó uno de los presentes
-¡Pues  como dice el refrán “Al mal tiempo buena cara”!- retrucó Serafina y continuó,
 -Lo que vamos a hacer es una rica mermelada de ciruelas. ¡Así  que basta de quejas y manos a la obra!
Sin más empezó a ordenarles que hacer. Los muchachos fueron en busca de leña seca y del carbón necesario para encender un fuego, que pudiera arder durante un largo tiempo.
 Las mujeres siguieron  al pie de la letra las instrucciones de Serafina. Pesaron la fruta y el azúcar y  le agregaron la cantidad de agua que ella les indicó, para luego verter la mezcla en recipientes de cobre o de hierro que suspendieron en los fogones improvisados por los hombres.
Cada una de ellas, estaba a cargo de uno o dos calderos, no más, ya que debían revolverlos cada tanto, a fin de que no se quemara la mezcla .La anciana iba de un lado para el otro, inspeccionando el artesanal proceso, controlando que el dulce no fuera a pasarse de punto.
Algunas muchachas con dotes artísticas trabajaban en las etiquetas, ya que una vez terminado y envasado el producto pensaban ponerle nombre y apellido,  El diseño sencillo pero colorido fue aprobado por Serafina quien también supervisaba esa tarea.
Después de casi tres horas, la mermelada estuvo lista y tras dejarla entibiar, todos juntos, cucharas en mano, se dispusieron a  envasarla. Más de un goloso no resistió la tentación de probarlo y todos convinieron, en que el dulce era realmente exquisito.
Como era común en época de cosecha, por el camino que  atravesaba el pueblo, se podían ver algún que otro camión donde viajaban los recolectores que se dirigían a las grandes fincas vecinas, los jornaleros que conocían la precariedad con que se trabajaba en Urrutia estaban seguros  que al pasar por allí, todo lo que iban a ver, sería un puñado de hombres y mujeres vencidos por la adversidad. Grande fue su sorpresa, cuando notaron que en casa de Serafina había una gran actividad.
 El conductor de uno de los camiones, hizo un alto en el camino, para satisfacer su curiosidad  y fue  de su boca que los señores de las grandes plantaciones se enteraron que en Urrutia estaban fabricando dulce artesanal y que seguramente, ese sería el comienzo de un emprendimiento, que tenía miras de continuar.
Siempre que pasaban por Urrutia los guías que llevaban  turistas a visitar los establecimientos modelo, les comentaban que un pueblito que sin ninguna tecnología, había sobrevivido a la granizada, gracias a una anciana que tuvo la brillante idea de fabricar dulce.
 Les recomendaban visitar el lugar y que compraran algunos frascos como souvenirs o para su propio deleite. De esa forma, sin otra publicidad que la de boca en boca, ese pequeño poblado,  antes de lo pensado, se convirtió en el paso obligado de muchos turistas.
El aburrido pueblo, se había transformado en un pequeño centro comercial, ya que a una idea se fueron sumando otras. Así fue como tuvieron su primera fábrica de golosinas y distintos negocios donde se ofrecían toda clase de pastelería.
Tanta era la demanda de dulce que en muy poco tiempo, la producción de ciruelas del lugar les fue insuficiente. Aunque siempre trataban de seguir usando la formula inicial, el proceso se fue industrializando. Ya no solamente fabricaban dulce con las ciruelas cosechadas en  verano, sino que se vieron obligados a comprar las ciruelas refrigeradas a las grandes compañías y no pasó mucho tiempo, antes que fueran los pobladores de Urrutia, los que fijaban el precio de la producción.
Todo parecía haber cambiado, ahora los jóvenes conducían autos modernos y se reunían a beber y a bailar. Muchos de ellos viajaban a la ciudad capital a seguir carreras afines con los emprendimientos de sus padres, con la esperanza de seguir el negocio y mejorarlo.
A diferencia del resto de los habitantes del pueblo, doña Serafina seguía lustrando los bronces de la capilla y planchando los manteles del altar, solo que ahora tenía que cambiar las flores más seguido, porque el obispo les había asignado un cura que celebraba la misa todos los días.
Eso si, ella nunca devolvió la imagen de la virgen que custodiaba y a la que siempre le rezaba novenas, después de todo, ¿qué hubiera sido de Urrutia de no haber sido por ella?

                                                                                                       Elsa Wade